jueves, 25 de agosto de 2016

EN LOS JEANS


Esos sucios Adonis y sus pantaloncillos. En verano vaya y pase, pero en invierno era una pesadilla. Miraban cuatro horas un pantalon de mil pesos, lo escrutinaban con sus ojillos insignificantes y opacos, cada trama cada presilla y el diseño de la bragueta y los bolsillos, daban vueltas los bolsillos para ver... para ver que? Si habia monedas? Billetes de cien euros? Con sus estupidas caras afiladas por la Prestobarba y la avaricia. Cada centimetro cotejado. Les brillaban los ojitos entonces. Debian de ponerse el mismo fijador del pelo en las corneas al levantarse al mediodìa. Con sus grandes y estùpidos zapatos italianos y sus camisitas de media manga al bìcep, escondidos en el probador, escondiendo sus testiculitos y sus pititos en el breve cubìculo, delante del espejo, delante de la propia mentira apestosa de sus vidas comodas y miserables. Necesitaban mucho esos pares de pantalones. Algun tipo de piel brillante debia esconder la amarga ceniza de sus corazones.

- Tenès un talle mas en un color mas oscuro?

Lo hacian para joderte. Despues de un tiempo ya no sabias si eras hombre o mujer. Bien podìas ser una grua en el dique cinco descargando diez toneladas de bosta y ni a vos te importaba. La cuestiòn es que ellos tenian la guita y vos cobrabas parte de esa guita para despues comprarte VOS un par de pantalones y eso era lo que en realidad te jodìa, lo que te daban ganas de vomitar.
Volvias a casa pensando en todos los animales que no tenian piernas. Mayormente gusanos, serpientes. Los kiwis evolucionarian para volar con las piernas y asì pagar un par de pantalones.
Bicho de mierda, el kiwi.
Fue la forma en que tomò la etiqueta, si, eso fuè.
Con la punta de los dedos, y los dedos eran morochos por el lado contrario de la palma y la palma era casi blanca, y los dedos eran delgados y nudosos. La mano de un pianista, la mano de alguien que ha heredado su fortuna. La mano manicurada de un niño rico.
La mano de un muerto con un cajòn prepago, pensè.
Diò vuelta la etiqueta con la punta de los dedos, muy suavemente como quien toca un sorullo seco. Y en su carita se dibujò una sonrisa  sarcàstica y superada. Diò vuelta la cabeza hacia donde yo estaba, dijo algo que no pude escuchar señalando el pantalòn con su dedito unido a su manita y yo asentì, acomodando el cuerpo de tal manera que lo transportè posicionalmente hacia el fondo, hacia los probadores. Sonreì, reconociendolo en control de la situaciòn.  De fondo, una musica persistente, indistinta, compuesta mayormente por ritmos percusivos impersonales y uno o dos semitonos de sintetizador.
Uno no escucha a ningun Bach cuando te bajàs los pantalones para ver lo que hay.
El caballero entrò en el probador, cerrè la cortina.

- Cualquier cosa que necesites, me pedis.
- Gracias.

Acaso no habia sido yo humillado toda mi vida por estos olfas medio idiotas con la extension de la Visa de papà? Sentado en clase, escondiendo mis zapatillas baratas, arreglandome el guardapolvos manchado de tinta, agachando la cabeza para que estos gordos ñoños hijos de los Lìderes de la Industria con sus palabras crueles no me enfermaran la cara de por vida? Los veias en la escuela, en los barrios, en sus puertas sin mancha cuando ibas a llevarle tres grandes de muzzarella y dos cocas de litro y medio un viernes de lluvia a las once y cinco de la noche en julio cuando no podìas secarte las bolas del frio o aguantar un paso mas por las ampollas en la entrepiernas.
Y dejaban caer su dinerillo en tu mano llena de odio y vos sonreìas, y mientras cerraban la puerta del departamento un ultimo contacto visual te auscultaba el alma y te hacian saber, sin una sola palabra, que habìa insectos mas importantes que tu vida.
Eras un mendigo en el àgape del señor feudal, excepto que el banquete era solo para el señor feudal. Los demàs estabamos invitados junto con nuestro catre, nuestro hospital publico y nuestras caries y nuestras mujeres destrozadas a mirar por un rato agònico còmo y hacia que lado debia girar en realidad el mundo.
Respirè hondo y me crucè de brazos. 
Al lado del probador, en la semipenumbra, en el suelo, una caja de herramientas. Abrì la tapa con el piè, desinteresadamente, casi sin respirar, y cuando la tapa cayò hacia atràs con un ruido gentil y metàlico, por primera vez en meses, sonreì.
Entonces dije desde detràs de la cortina:

- Hay otro modelo del mismo estilo, querès verlo?
- Y bueno dale, a ver que tenès...

Ese dejo cansinamente autocomplaciente lo logrò del todo.
Me agachè, cerrè la mano en la empuñadura y con la izquierda abrì la cortina negra.
El pobre infeliz aùn estaba con los pantalones abajo y si tenia alguna expresiòn en el rostro tal vez fuera la de alguien quien tuviera pacientemente que rechazar una felaciòn o haber resuelto ya un inconveniente extremadamente menor.

- Este es el nuevo modelito.

Bajè el martillo y este entrò limpiamente por la coronilla hasta el centro del cerebro con un sonido seco y triste, como el de una gran rama hueca y rota suspendida en el vacìo del tiempo.
Nunca màs volvì a vender pantalones. Mucha gente mala adentro de esos jeans. A veces camino por las calles y veo una mujer, un milagro, un culaso, las piernas y la curvatura de la parte de abajo de la piernas antes de llegar a los tobillos, como si Dios se hubiera dignado a prestar atenciòn de una buena vez por todas a su obra en el mundo, y entonces noto que ese cuerpo de Cristo està enfundado en jeans y tengo espasmos diafragmàticos y tengo que contenerme de volcar el estomago a plena luz del dia, ahi en la calle.
No està de moda usar pollera ultimamente. Tal vez la tendencia vuelva a la gabardina, tal vez al corderoy, este invierno.
Tengo cuarenta y dos años. Nadie sabe que estoy esperando. 

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